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Estoy convencida de que la génesis de una obra de arte puede reconocer diferentes puertos de partida dentro de la anatomía humana. Hay creación que emana del corazón, obras que nacen de una especulación atribuible al cerebro, arte que brota de músculos y nervios. En mí, ninguna duda cabe de que la gestación ocurre allí, hondamente en las vísceras, en un rincón que procuro nutrir desde todas las puertas de la percepción. En esa penumbra se dispara un sentimiento que luego puedo pensar que empieza a tomar forma, fuerza, al que voy haciendo crecer, cuidándolo como a un bebe recién nacido, meciéndolo, acariciándolo, al que saco de paseo por lugares ya andados, algunos lindos y otros no tanto. Y es en estos es donde me quedo, seguramente para volver a transitarlos y así quizás cambiar historias.
¿Por qué nazis, por qué los anfitriones de los campos de exterminio como protagonistas temáticos de un plástico latinoamericano?
Me atrevo
a recurrir a un rasgo biográfico más cercano a lo atávico
que a una vivencia personal. Una de mis bisabuelas maternas regresó
en la inmediata preguerra de la tranquilidad del Bronx a Lituania para acompañar
a su único hijo soltero, hermano menor de mi abuelo. Un grupo de SS
y policías lituanos apiñaron a todos los judíos de la
aldea dentro de la sinagoga y convirtieron el edificio en una horrenda tea
donde (casi como un símbolo) los libros sagrados y el arca centenaria
avivaban las llamas en las cuales se asaba la carne humana. Quizás
en esa anécdota de infancia se enraíce una fijación que
obsede las telas.
Y de
acá creo también surge esta casi-obsesión por el retrato,
RETRATO de otros, re-trato sean diferentes, re-trato que se les desvanezca
el aire mefistofélico propio de sus miserias, que sean distintos, los
cambio (trato), los pienso diferentes, los juego, los disfruto enormemente,
los truco, los disfrazo, los trasvisto, los ridiculizo, los desinfecto (trabajo
con tinta, lavandina, hipoclorito de sodio, tal vez sea mi modo de que duela
y contamine menos), los torno grotescos, entonces aparece la ambigüedad,
parecen una cosa pero son otra. Ahí me quedo, me fascino, un HOMBRE-MUJER,
una NIÑERA-CRIMINAL, un COCINERO-TORTURADOR. Esta idea me atrapa, es
mi usina, mi motor. ¿Qué normas de convivencia tendrán?
¿Cómo habitan en una misma persona dos sentimientos opuestos?
Cuido niñosmato niños; cocino con dedicaciónlacero humanos Y conste que, en la mayor parte de los casos, no mediaba un odio demencial que motivara la aniquilación de comunidades enteras sino mera voluntad de cumplir la tarea encomendada. No eran homicidios sino la solución técnica más adecuada para un problema. En la banalidad del mal, en las palabras de Hanna Arendt y en el esfuerzo de transformar el terror en miedo, en hallar un escudo que me permita detener los mandobles indescifrables del pasado, me surge la única respuesta posible: pintarlos. Invocar el mal para domesticarlo, conjurarlo, reducir lo tenebroso a dos dimensiones y encarcelarlos en un papel.
Why nazis? Why extermination camp hosts as protagonists of the works of a Latin American artist?
By way of an explanation, I dare to turn to a biographical datum, which is closer to an atavistic mark than a personal experience: One day during pre-war times, my great-grandmother returned to Lithuania, leaving the quiet Bronx behind, to accompany her only unmarried son, my grandfather's younger brother. An SS group together with the Lithuanian police crammed all of the village's Jews inside a sinagogue and turned the building into a horror torch where -symbolically enough- sacred books and the centennial arc fed the flames that burnt the human flesh. The fixation evidenced in these canvasses may have roots in this anecdote.
This quasi-obsession with portraits may have also risen from this. I portray others, I portray them as different, I portray them without the mephistophelean air emanating from them. I portray them and I picture them and I (try to) change them into something different. I play with them, I enjoy them immensely, I distort them, I crossdress them, I ridicule them, I make them look grotesque, I disinfect them -using ink, bleach, sodium hypochlorite, probably as a way to make it hurt and contaminate less. And then, the ambiguity arises: they are not what they seem to be. And it is there where I remain and find it fascinating: a MAN-WOMAN, a NANNY-CRIMINAL, a COOK-TORTURER. I give in to this idea, it is my drive, my motor. What rules the lives they share? How are opposite feelings housed inside the same person?
I take care of childrenI kill children; I cook with dedicationI lacerate humans. It is worth remarking that in most cases no deranged hatred motivated the utter devastation of entire communities, but the mere will to fulfill the task assigned. No homicides seem to have taken place, but rather the most suitable technical solution to a problem. The banality of evil, the words of Hanna Arendt, the effort to turn terror into fear and find a shield to stop the indecipherable slashes of the past have led me to the only possible answer: paint it all. Invoking evil in order to tame it, conjure it, reduce the dark into two dimensions and imprison it in paper.
